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Una cora para la escuela

Una cora para la escuela

...toda la dignidad del mundo cabe en una bolsa de marañones.

Ariadna (la llamaré así porque ni siquiera llegué a preguntarle su verdadero nombre) se acercó a la mesa mugrienta en la que degustábamos la mariscada, con su pelito negro y lacio, encrespado por medio de una fijación a base de suciedad. La humildad de sus ropas y el cerquito de mocos alrededor de la nariz, la identificaba claramente como hija de alguno de esos personajes, mitad mafioso y mitad comerciante, que campan a sus anchas en las inmediaciones del mercado central y que han convertido en su guarida el centro histórico de San Salvador. Alguno de esos criminales de la supervivencia, movidos a partes iguales por la pura necesidad y la falta de respeto hacia lo público.
Mientras con una mano extendida daba cuenta, de manera gráfica, de sus cinco años de edad; en la otra sujetaba una bolsa de marañones japoneses y un puñadito de cromos. Una vez sentada a nuestro lado se llevó a la boca la fruta y frunció el ceño sin ser capaz de ocultar el amargor y la acidez.
--¿No quieren? Se los vendo -pronunció, dejando entrever esa sangre de comerciante de pura raza, macerada en medio de la cruda realidad en la que le tocó nacer-.
--¿Cuanto cuestan? -la interrogó mi amiga Katlen, como queriendo sondear las habilidades como vendedora de la pequeña-.
--Una cora (25 centavos de dólar) -contestó la niña.
--Está bien, dámelos pues -le indicó Katlen.
En ese momento una mezcla de ilusión y arrepentimiento se dibujó en el rostro de Ariadna, consciente de que le iba a resultar complicado salir del embrollo en el que se había metido sin traicionar sus principios morales.
--Es que no te los puedo vender, porque ya me los he comido -dijo señalando a la bolsa, en la que se notaba la falta de una media docenas de piezas de fruta.
Karen no le dio importancia a la falta y le entregó la moneda a la pequeña. En ese momento sus ojos brillaron con una luminosidad impoluta al tiempo que exclamaba: !Qué bien, ahora ya tengo otra cora para ir a la escuela!
La actitud de Ariadna nos indica, parafraseando al libertador cubano José Martí, que toda la dignidad del mundo cabe en una bolsa de marañones.

Desayuno con el embajador

Al salir de mi lujoso apartamento en la colonia Escalón a bordo de un carro con placas amarillas del servicio diplomático casi se me había olvidado que me encontraba en un país en el que 15 por ciento de los menores de cinco años sufren desnutrición. El saludo reverente del guardia de seguridad que custodia el portal enfantizaba mi sentimiento de colono europeo trasnochado, con chófer para pasear por la ciudad y sirvienta para plancharme las camisas.


Tras unos veinte minutos de viaje por una ciudad en la que la única ley que impera en el tráfico es la de la selva, nos encontrábamos en la calle Reforma del exclusivo barrio de San Benito. El conductor, experto en medir sus palabras para no molestar a sus pasajeros -habitualmente de alto copete- hizo poco mas que un par de alusiones soslayadas, relativas a la apacible temperatura con la que se había despertado el día.


Una vez dentro de la embajada y después de que le fuese anunciada por radio mi llegada, Jorge Hevia se encontraba en el umbral de la puerta esperando para recibirme, con la misma solemnidad y cercanía que si se tratase de un alto dignatario extranjero que hubiese sido compañero de clase en una prestigiosa universidad londinense.


"¿Así que tú eres amigo de mi hermano Alberto?" -me dijo nada más saludarnos-. Se suponía que ese era el motivo principal por el que me encontraba allí. Alberto Mahía -su hermano- era compañero mío de trabajo en La Voz de Galicia, aunque ni siquiera llegásemos a mantener ni el mínimo contacto telefónico. El colabora como fotógrafo en Ribeira y yo apenas había empezado como redactor en la delegación de la Costa da Morte. Un mensaje suyo, llegado a través de terceros, me había animado -tal como él me indicó- a comunicarme con el embajador, después de aterrizar en San Salvador. Estaba claro que Alberto se enorgullecía de la trayectoria de su hermano, le gustaba mostrarlo a la gente y tenía razones para ello.


Una vez superado el primer impacto de pasar ante las fotos de Sus Majestades y las enseñas nacionales (españolas) me dejé deslumbrar por la majestuosa belleza de una casa de varios cientos de metros cuadrados caleada con un inmaculado blanco colonial.
El lugar elegido para el desayuno era el porche, mirando a la piscina, entre las columnas del espacio porticado y la frondosidad sombría de los árboles y plantas tropicales. La mesa, milimétricamente ordenada, lucía vajilla, cristalería y cubertería ribeteada con el escudo del Reino de España.


Una vez rumiados los prejuicios republicanos, empezamos la "plática" de tú a tú lejos de los formalismos diplomáticos. A medida que la conversación avanzaba, cada vez era más consciente de que, de nuevo, iba a tener que masticar mis juicios apriorísticos, respecto al ex jefe de gabinete del Ministro Trillo. La profunda cultura humanística del embajador Hevia, me recordaban más al doctor de la universidad romana Santo Tomás de Aquino que al asesor de un político derechista. Quizás fuera por su cercanía al tratar asuntos de alta política o por su indignación ante las injusticias de una sociedad dominada por lo peor de la voracidad capitalista. Lo cierto es que después de más de una hora de conversación y de un jugoso desayuno a base de frutas tropicales y bollería recién hecha, pude regresar a mi mesa de escritorio en El Diario de Hoy, con la sensación de haber conocido a una persona de las que tienen la capacidad y la disposición para dignificar la representación española en cualquier punto del planeta.

La cena de la culebra

La cena de la culebra

 

Cuando Don Mario la vio merodeando por ese pequeño almacén que hace de bodega en el sótano de su humilde vivienda, no dudó en asestarle un certero machetazo a la altura de la cabeza. Su experiencia como combatiente en la Guerra Civil le enseño a ganar en astucia a cualquier ser vivo que amenazase su existencia o que, por el contrario, le sirviese para garantizar su sustento.

El golpe letal dejó al imponente animal debatiéndose entre los estertores de la muerte. En pocos segundos sus movimientos serpenteantes cesaron y la amenaza de sus colmillos se disipó a la vez que se ahogaba su último aliento.

Los más de dos metros de lustrosa piel escamada, colgados junto a la puerta principal, dan fiel testimonio de la hazaña alimenticia de Don Mario, mientras esperan que la colectividad que ostenta su propiedad decida convertirlos en llaveros, cinturones o quien sabe si en un par de botas.

Por lo que respecta al resto del reptil, una vez desangrado y desovado, fue a encontrarse con el aceite, la sal y un conjunto de hierbas aromáticas de las que tan sólo el legítimo restaurador conoce la justa medida. Una combinación de tomate, cebolla y vino serviría para completar el aderezo y asegurar su coción dentro de la modesta olla de cinc.

Decidí aceptar la invitación después de una jornada de playa, en la que la extenuante lucha contra las infatigables olas del Pacífico -quien lo habrá puesto ese nombre- sólo se vio mitigada por el sueño reparador de la siesta en una hamaca.

Los hoyos del camino indicaban a las claras que los planes gubernamentales de Fovial, para adecentar las carreteras, habían dejado en el olvido, tanto a esta colonia, como a la gran mayoría de barriadas de la ciudad.

Al cruzar el muro coronado de alambre de espino (todos los de San Salvador lo están), a través del umbral de la puerta, pude ver una vivienda familiar, transformada en comedor público por obra y gracia de la necesidad. Don Mario me recibió con la hospitalidad y el agradecimiento del que sólo son capaces las gentes de esta tierra. Su mujer y su nuera se afanaban cociendo pupusas -el plato emblemático de la gastronomía nacional, elaborado a partir de las tortillas de maíz- para darle de cenar a la media docena de clientes sentados en la terraza.

Mientras la más pequeña de la casa dormía apaciblemente tumbada a lo largo del sofá, los dos vástagos de Don Mario se turnaban para avivar, a soplidos, las brasas de carbón. Entre tanto, el resto de congregados seguían la autoridad moral de Sosa [un cincuentón muy viajado] para llenar el crucigrama de un periódico sensacionalista, hasta que el resumen de los goles en la liga española, emitido por el Canal 6, les levantó repentinamente de sus asientos.

Las insistentes llamadas del cabeza de familia, disolvieron la reunión que habíamos formado alrededor del televisor, en el que una voz campanuda repasaba los resultados del Calcio italiano.

Ya instalados en una mesa del porche, comenzaron a llegar los trozos de carne de la parrilla. Su textura correosa y su sabor avinagrado no invitaban al deleite si no más bien a engullir por compromiso. Gracias a una lata de refresco y varias tortillas [sustitutas naturales del pan por estos lares] pude solventar el trance sin mayores dificultades.

El primer contacto con el manjar no había sido demasiado alentador por lo que, cuando Don Mario apareció con una gran olla llena de un guiso a base de salsa de tomate, se habían desvanecido por completo mis expectativas. Por eso, hasta que probé el primer trozo de carne guisada no descubrí el intenso y agradable sabor, tan exquisito que nadie diría que se trataba de una culebra.

 

Algo falla cuando una madre mata a su hijo

Carmen Guadalupe Vázquez Aldana nació en el municipio de Ilopango (San Salvador). Tiene 18 años y va a pasar los próximos 30 en la cárcel. Un tribunal la ha condenado por homicidio agravado después de que esta jóven, que empezaba a trabajar en el servicio doméstico, no hiciese nada por garantizar la supervivencia de su bebé, quien vino al mundo tras 8 meses de gestación. Cármen utilizó la misma faja con la que ocultaba su embarazo para envolver el cuerpo sin vida del feto. Lo metió dentro de una bolsa de plástico y lo escondió detrás de la cama, en el cuarto sin luz de la casa en la que servía. Éste caso -el segundo en una semana- no es algo inusual en las páginas de sucesos de los diarios salvadoreños. Los jueces determinaron su culpabilidad porque ni siquiera cortó el cordón umbilical que la mantenía unida a su bebé, simplemente lo desgarró, en medio de una gran hemorragia. Durante el proceso testificaron la "señora" de 26 años que la tenía empleada y el ginecólogo que la atendió. El abogado de Cármen le recomendó que no declarase y tampogo hizo preguntas a los testigos. La voz de la joven que en la mayoría de países de Europa estaría iniciando la universidad no llegó a escucharse en la sala. Nadie le preguntó quién era el padre, ni si había decidido quedarse embarazada. Tampoco le preguntaron si lo sabía su familia, si tenía pensado contárselo o si acaso temía su reacción. Ninguna de las partes se interesó por cuál hubiese sido la situación laboral de la homicida de haber declarado su estado de buena esperanza. Los jueces desconocían si fue a la escuela o que tipo de educación recibió en ella. Los integrantes del Tribunal no consideraron necesario averiguar si Carmen sabía lo que era el preservativo, la píldora, el diu, el anillo vaginal, los espermicidas o la ligadura de trompas. Quienes la condenaron ingnoran cual era el salario de la asesina y si esta cantidad le alcanzaba para mantener a su retoño. Ahora empieza una nueva vida, con el escaso puñado de dólares que le entregaron sus padres, el único público del juicio. Su nuevo hogar será una cárcel de mujeres de la que saldrá con la edad que ahora tiene su madre. Quizás para entonces se encuentre un país en el que el aborto ya no sea un delito, en el que la religión y los convencionalismos sociales no presidan la vida pública y en el que el recalcitrante machismo institucionalizado sea sólo un amargo recuerdo del pasado.

Los jueces toman la calle

Los jueces toman la calle

Dos centenares de jueces salvadoreños salen a la calle para reclamar respeto a su independencia y, por ende, a una constitución nacional que utilizan, en su versión editorial, para parapetarse frente a un sol implacable que no da tregua en las avenidas que conducen desde los juzgados hasta la Asamblea Legislativa y la Corte Suprema de Justicia.Los sacos (chaquetas americanas) -aquí reminiscencias decimonónicas como la toga están fuera de lugar- son útiles para lucir palmito en los acondicionados despachos oficiales y para marcar la diferencia con la generalidad del vulgo, a la que los 2,605 dólares diarios de sueldo diario, ni siquiera le alcanzan para comprar las medicinas que el Seguro Social no cubre. En cambio, para tomar las calles en busca de los focos televisivos y las grabadoras de las decenas de periodistas que se dan cita en el lugar, hubieran sido más propios unos "shorts" o presentarse directamente en "slips". Sería una buena manera de escenificar la bajada de pantalones que practican multitud de magistrados ante las estructuras del crimen organizado, a cambio de una buena tajada o mordida, que las dos acepciones contempla el buen castellano.Los señores jueces que, según comentan los más veteranos, nunca habían marchado por las calles de una manera semejante, se han llevado consigo a abogados, practicantes, procuradores y demás funcionarios, como fieles escuderos en su particular batalla contra los fiscales. Todo, porque los representantes del ministerio público han tenido la osadía de proponer el desafuero de cuatro magistrados, después de que estos hayan dejado en libertad a un violador, a una "clica" de mareros con probada reputación de secuestradores y a un grupo de contrabandistas de queso que no cumplía las mínimas medidas sanitarias.

 

Contra todos ellos y contra el gremio de jueces en general, el primero en arremeter ha sido el Fiscal General de la República, Féliz Safie, que pretende desfacer estos entuertos y, de paso, revocar el agravio al que han sido sometidos sus correligionarios.La pléyade reivindicativa alcanzó las puertas de la Corte Suprema, después de cubrir un kilómetro y pico de animado paseo que, en este caso, no estuvo acompañado por los botes de humo ni el fuego real, por parte de la Policía Nacional Civil, al que se tienen que enfrentar los miembros del opositor FMLN o los estudiantes de la universidad pública, cada vez que salen a defender sus pisoteados derechos, con actitudes tan cívicas como la quema de neumáticos, coches y edificios o el asesinato de algún agente.Al pie de la escalinata, les esperaba su jefe supremo, Doctor Agustín García Calderón. El fulano que tiene la potestad de decidir los desafueros pero que no por ello se ha cortado a la hora de arengar a sus pupilos para instarles a que no teman porque su "independencia" seguirá custodiada bajo siete llaves.Esa misma "independencia" que les permite acumular tanto patrimonio personal como deseen sin rendir ninguna clase de cuenta, pese a tener status de funcionarios públicos, y que ahora el "Fiscalón" quiere someter a auditoría. 

¿A quié le importa tu casa?

Ajenos a la marabunta y portando pancartas dibujadas con unos medios muy modestos que nada tienen que ver con la lona serigrafiada que lucían los jueces, estaban los vecinos de la comunidad Las Victorias. Formaban un grupo de no más de 20 personas y entre ellos no se respiraba el mismo aroma a cosmético abigarrado que se daba entre los jueces, si no más bien el olor humano que confiere la transpiración en el trópico.Sus ojos miraban con avidez y sin diferenciar status a cada persona que salía por la puerta de la Asamblea Legislativa. Quizás buscaban en aquellos bustos acorbatados una última boya sobre la que flotar para no hundirse en la desesperanza.A ellos también los recibieron en la puerta ¿Quién sabe si para no dejarlos entrar? Su interlocutora -una funcionaria de cuarta fila- les explicaba con detenimiento que iban a demoler sus casas porque, según decía, fueron construidas sobre un basurero y no cumplen con las condiciones de salubridad necesarias por lo que podían enfermar.Las súplicas de estos ciudadanos, a todas luces chabolistas, sólo las refrendaba un sacerdote descamisado con el alzacuellos abierto y que intentaba hacerle ver a la funcionaria -como si de ella dependiese- que esas casuchas levantadas con esfuerzo y desperdicios, a partes iguales, eran para estos desheredados lo único a lo que podían llamar hogar.

De la comitiva de jueces sólo los separaba la sombra del frondoso Palo de Hule. Distancia suficiente para que ni las autoridades, ni los periodistas, ni los flashes de los reporteros gráficos, tuviesen que emplear ni un sólo segundo de tiempo para comprobar que les ocurría.