Una cora para la escuela
...toda la dignidad del mundo cabe en una bolsa de marañones.
Ariadna (la llamaré así porque ni siquiera llegué a preguntarle su verdadero nombre) se acercó a la mesa mugrienta en la que degustábamos la mariscada, con su pelito negro y lacio, encrespado por medio de una fijación a base de suciedad. La humildad de sus ropas y el cerquito de mocos alrededor de la nariz, la identificaba claramente como hija de alguno de esos personajes, mitad mafioso y mitad comerciante, que campan a sus anchas en las inmediaciones del mercado central y que han convertido en su guarida el centro histórico de San Salvador. Alguno de esos criminales de la supervivencia, movidos a partes iguales por la pura necesidad y la falta de respeto hacia lo público.
Mientras con una mano extendida daba cuenta, de manera gráfica, de sus cinco años de edad; en la otra sujetaba una bolsa de marañones japoneses y un puñadito de cromos. Una vez sentada a nuestro lado se llevó a la boca la fruta y frunció el ceño sin ser capaz de ocultar el amargor y la acidez.
--¿No quieren? Se los vendo -pronunció, dejando entrever esa sangre de comerciante de pura raza, macerada en medio de la cruda realidad en la que le tocó nacer-.
--¿Cuanto cuestan? -la interrogó mi amiga Katlen, como queriendo sondear las habilidades como vendedora de la pequeña-.
--Una cora (25 centavos de dólar) -contestó la niña.
--Está bien, dámelos pues -le indicó Katlen.
En ese momento una mezcla de ilusión y arrepentimiento se dibujó en el rostro de Ariadna, consciente de que le iba a resultar complicado salir del embrollo en el que se había metido sin traicionar sus principios morales.
--Es que no te los puedo vender, porque ya me los he comido -dijo señalando a la bolsa, en la que se notaba la falta de una media docenas de piezas de fruta.
Karen no le dio importancia a la falta y le entregó la moneda a la pequeña. En ese momento sus ojos brillaron con una luminosidad impoluta al tiempo que exclamaba: !Qué bien, ahora ya tengo otra cora para ir a la escuela!
La actitud de Ariadna nos indica, parafraseando al libertador cubano José Martí, que toda la dignidad del mundo cabe en una bolsa de marañones.