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Los jueces toman la calle

Los jueces toman la calle

Dos centenares de jueces salvadoreños salen a la calle para reclamar respeto a su independencia y, por ende, a una constitución nacional que utilizan, en su versión editorial, para parapetarse frente a un sol implacable que no da tregua en las avenidas que conducen desde los juzgados hasta la Asamblea Legislativa y la Corte Suprema de Justicia.Los sacos (chaquetas americanas) -aquí reminiscencias decimonónicas como la toga están fuera de lugar- son útiles para lucir palmito en los acondicionados despachos oficiales y para marcar la diferencia con la generalidad del vulgo, a la que los 2,605 dólares diarios de sueldo diario, ni siquiera le alcanzan para comprar las medicinas que el Seguro Social no cubre. En cambio, para tomar las calles en busca de los focos televisivos y las grabadoras de las decenas de periodistas que se dan cita en el lugar, hubieran sido más propios unos "shorts" o presentarse directamente en "slips". Sería una buena manera de escenificar la bajada de pantalones que practican multitud de magistrados ante las estructuras del crimen organizado, a cambio de una buena tajada o mordida, que las dos acepciones contempla el buen castellano.Los señores jueces que, según comentan los más veteranos, nunca habían marchado por las calles de una manera semejante, se han llevado consigo a abogados, practicantes, procuradores y demás funcionarios, como fieles escuderos en su particular batalla contra los fiscales. Todo, porque los representantes del ministerio público han tenido la osadía de proponer el desafuero de cuatro magistrados, después de que estos hayan dejado en libertad a un violador, a una "clica" de mareros con probada reputación de secuestradores y a un grupo de contrabandistas de queso que no cumplía las mínimas medidas sanitarias.

 

Contra todos ellos y contra el gremio de jueces en general, el primero en arremeter ha sido el Fiscal General de la República, Féliz Safie, que pretende desfacer estos entuertos y, de paso, revocar el agravio al que han sido sometidos sus correligionarios.La pléyade reivindicativa alcanzó las puertas de la Corte Suprema, después de cubrir un kilómetro y pico de animado paseo que, en este caso, no estuvo acompañado por los botes de humo ni el fuego real, por parte de la Policía Nacional Civil, al que se tienen que enfrentar los miembros del opositor FMLN o los estudiantes de la universidad pública, cada vez que salen a defender sus pisoteados derechos, con actitudes tan cívicas como la quema de neumáticos, coches y edificios o el asesinato de algún agente.Al pie de la escalinata, les esperaba su jefe supremo, Doctor Agustín García Calderón. El fulano que tiene la potestad de decidir los desafueros pero que no por ello se ha cortado a la hora de arengar a sus pupilos para instarles a que no teman porque su "independencia" seguirá custodiada bajo siete llaves.Esa misma "independencia" que les permite acumular tanto patrimonio personal como deseen sin rendir ninguna clase de cuenta, pese a tener status de funcionarios públicos, y que ahora el "Fiscalón" quiere someter a auditoría. 

¿A quié le importa tu casa?

Ajenos a la marabunta y portando pancartas dibujadas con unos medios muy modestos que nada tienen que ver con la lona serigrafiada que lucían los jueces, estaban los vecinos de la comunidad Las Victorias. Formaban un grupo de no más de 20 personas y entre ellos no se respiraba el mismo aroma a cosmético abigarrado que se daba entre los jueces, si no más bien el olor humano que confiere la transpiración en el trópico.Sus ojos miraban con avidez y sin diferenciar status a cada persona que salía por la puerta de la Asamblea Legislativa. Quizás buscaban en aquellos bustos acorbatados una última boya sobre la que flotar para no hundirse en la desesperanza.A ellos también los recibieron en la puerta ¿Quién sabe si para no dejarlos entrar? Su interlocutora -una funcionaria de cuarta fila- les explicaba con detenimiento que iban a demoler sus casas porque, según decía, fueron construidas sobre un basurero y no cumplen con las condiciones de salubridad necesarias por lo que podían enfermar.Las súplicas de estos ciudadanos, a todas luces chabolistas, sólo las refrendaba un sacerdote descamisado con el alzacuellos abierto y que intentaba hacerle ver a la funcionaria -como si de ella dependiese- que esas casuchas levantadas con esfuerzo y desperdicios, a partes iguales, eran para estos desheredados lo único a lo que podían llamar hogar.

De la comitiva de jueces sólo los separaba la sombra del frondoso Palo de Hule. Distancia suficiente para que ni las autoridades, ni los periodistas, ni los flashes de los reporteros gráficos, tuviesen que emplear ni un sólo segundo de tiempo para comprobar que les ocurría.

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