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Algo falla cuando una madre mata a su hijo

Carmen Guadalupe Vázquez Aldana nació en el municipio de Ilopango (San Salvador). Tiene 18 años y va a pasar los próximos 30 en la cárcel. Un tribunal la ha condenado por homicidio agravado después de que esta jóven, que empezaba a trabajar en el servicio doméstico, no hiciese nada por garantizar la supervivencia de su bebé, quien vino al mundo tras 8 meses de gestación. Cármen utilizó la misma faja con la que ocultaba su embarazo para envolver el cuerpo sin vida del feto. Lo metió dentro de una bolsa de plástico y lo escondió detrás de la cama, en el cuarto sin luz de la casa en la que servía. Éste caso -el segundo en una semana- no es algo inusual en las páginas de sucesos de los diarios salvadoreños. Los jueces determinaron su culpabilidad porque ni siquiera cortó el cordón umbilical que la mantenía unida a su bebé, simplemente lo desgarró, en medio de una gran hemorragia. Durante el proceso testificaron la "señora" de 26 años que la tenía empleada y el ginecólogo que la atendió. El abogado de Cármen le recomendó que no declarase y tampogo hizo preguntas a los testigos. La voz de la joven que en la mayoría de países de Europa estaría iniciando la universidad no llegó a escucharse en la sala. Nadie le preguntó quién era el padre, ni si había decidido quedarse embarazada. Tampoco le preguntaron si lo sabía su familia, si tenía pensado contárselo o si acaso temía su reacción. Ninguna de las partes se interesó por cuál hubiese sido la situación laboral de la homicida de haber declarado su estado de buena esperanza. Los jueces desconocían si fue a la escuela o que tipo de educación recibió en ella. Los integrantes del Tribunal no consideraron necesario averiguar si Carmen sabía lo que era el preservativo, la píldora, el diu, el anillo vaginal, los espermicidas o la ligadura de trompas. Quienes la condenaron ingnoran cual era el salario de la asesina y si esta cantidad le alcanzaba para mantener a su retoño. Ahora empieza una nueva vida, con el escaso puñado de dólares que le entregaron sus padres, el único público del juicio. Su nuevo hogar será una cárcel de mujeres de la que saldrá con la edad que ahora tiene su madre. Quizás para entonces se encuentre un país en el que el aborto ya no sea un delito, en el que la religión y los convencionalismos sociales no presidan la vida pública y en el que el recalcitrante machismo institucionalizado sea sólo un amargo recuerdo del pasado.

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