Desayuno con el embajador
Al salir de mi lujoso apartamento en la colonia Escalón a bordo de un carro con placas amarillas del servicio diplomático casi se me había olvidado que me encontraba en un país en el que 15 por ciento de los menores de cinco años sufren desnutrición. El saludo reverente del guardia de seguridad que custodia el portal enfantizaba mi sentimiento de colono europeo trasnochado, con chófer para pasear por la ciudad y sirvienta para plancharme las camisas.
Tras unos veinte minutos de viaje por una ciudad en la que la única ley que impera en el tráfico es la de la selva, nos encontrábamos en la calle Reforma del exclusivo barrio de San Benito. El conductor, experto en medir sus palabras para no molestar a sus pasajeros -habitualmente de alto copete- hizo poco mas que un par de alusiones soslayadas, relativas a la apacible temperatura con la que se había despertado el día.
Una vez dentro de la embajada y después de que le fuese anunciada por radio mi llegada, Jorge Hevia se encontraba en el umbral de la puerta esperando para recibirme, con la misma solemnidad y cercanía que si se tratase de un alto dignatario extranjero que hubiese sido compañero de clase en una prestigiosa universidad londinense.
"¿Así que tú eres amigo de mi hermano Alberto?" -me dijo nada más saludarnos-. Se suponía que ese era el motivo principal por el que me encontraba allí. Alberto Mahía -su hermano- era compañero mío de trabajo en La Voz de Galicia, aunque ni siquiera llegásemos a mantener ni el mínimo contacto telefónico. El colabora como fotógrafo en Ribeira y yo apenas había empezado como redactor en la delegación de la Costa da Morte. Un mensaje suyo, llegado a través de terceros, me había animado -tal como él me indicó- a comunicarme con el embajador, después de aterrizar en San Salvador. Estaba claro que Alberto se enorgullecía de la trayectoria de su hermano, le gustaba mostrarlo a la gente y tenía razones para ello.
Una vez superado el primer impacto de pasar ante las fotos de Sus Majestades y las enseñas nacionales (españolas) me dejé deslumbrar por la majestuosa belleza de una casa de varios cientos de metros cuadrados caleada con un inmaculado blanco colonial.
El lugar elegido para el desayuno era el porche, mirando a la piscina, entre las columnas del espacio porticado y la frondosidad sombría de los árboles y plantas tropicales. La mesa, milimétricamente ordenada, lucía vajilla, cristalería y cubertería ribeteada con el escudo del Reino de España.
Una vez rumiados los prejuicios republicanos, empezamos la "plática" de tú a tú lejos de los formalismos diplomáticos. A medida que la conversación avanzaba, cada vez era más consciente de que, de nuevo, iba a tener que masticar mis juicios apriorísticos, respecto al ex jefe de gabinete del Ministro Trillo. La profunda cultura humanística del embajador Hevia, me recordaban más al doctor de la universidad romana Santo Tomás de Aquino que al asesor de un político derechista. Quizás fuera por su cercanía al tratar asuntos de alta política o por su indignación ante las injusticias de una sociedad dominada por lo peor de la voracidad capitalista. Lo cierto es que después de más de una hora de conversación y de un jugoso desayuno a base de frutas tropicales y bollería recién hecha, pude regresar a mi mesa de escritorio en El Diario de Hoy, con la sensación de haber conocido a una persona de las que tienen la capacidad y la disposición para dignificar la representación española en cualquier punto del planeta.
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Estefanía Campayo -