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La cena de la culebra

La cena de la culebra  

Cuando Don Mario la vio merodeando por ese pequeño almacén que hace de bodega en el sótano de su humilde vivienda, no dudó en asestarle un certero machetazo a la altura de la cabeza. Su experiencia como combatiente en la Guerra Civil le enseño a ganar en astucia a cualquier ser vivo que amenazase su existencia o que, por el contrario, le sirviese para garantizar su sustento.

El golpe letal dejó al imponente animal debatiéndose entre los estertores de la muerte. En pocos segundos sus movimientos serpenteantes cesaron y la amenaza de sus colmillos se disipó a la vez que se ahogaba su último aliento.

Los más de dos metros de lustrosa piel escamada, colgados junto a la puerta principal, dan fiel testimonio de la hazaña alimenticia de Don Mario, mientras esperan que la colectividad que ostenta su propiedad decida convertirlos en llaveros, cinturones o quien sabe si en un par de botas.

Por lo que respecta al resto del reptil, una vez desangrado y desovado, fue a encontrarse con el aceite, la sal y un conjunto de hierbas aromáticas de las que tan sólo el legítimo restaurador conoce la justa medida. Una combinación de tomate, cebolla y vino serviría para completar el aderezo y asegurar su coción dentro de la modesta olla de cinc.

Decidí aceptar la invitación después de una jornada de playa, en la que la extenuante lucha contra las infatigables olas del Pacífico -quien lo habrá puesto ese nombre- sólo se vio mitigada por el sueño reparador de la siesta en una hamaca.

Los hoyos del camino indicaban a las claras que los planes gubernamentales de Fovial, para adecentar las carreteras, habían dejado en el olvido, tanto a esta colonia, como a la gran mayoría de barriadas de la ciudad.

Al cruzar el muro coronado de alambre de espino (todos los de San Salvador lo están), a través del umbral de la puerta, pude ver una vivienda familiar, transformada en comedor público por obra y gracia de la necesidad. Don Mario me recibió con la hospitalidad y el agradecimiento del que sólo son capaces las gentes de esta tierra. Su mujer y su nuera se afanaban cociendo pupusas -el plato emblemático de la gastronomía nacional, elaborado a partir de las tortillas de maíz- para darle de cenar a la media docena de clientes sentados en la terraza.

Mientras la más pequeña de la casa dormía apaciblemente tumbada a lo largo del sofá, los dos vástagos de Don Mario se turnaban para avivar, a soplidos, las brasas de carbón. Entre tanto, el resto de congregados seguían la autoridad moral de Sosa [un cincuentón muy viajado] para llenar el crucigrama de un periódico sensacionalista, hasta que el resumen de los goles en la liga española, emitido por el Canal 6, les levantó repentinamente de sus asientos.

Las insistentes llamadas del cabeza de familia, disolvieron la reunión que habíamos formado alrededor del televisor, en el que una voz campanuda repasaba los resultados del Calcio italiano.

Ya instalados en una mesa del porche, comenzaron a llegar los trozos de carne de la parrilla. Su textura correosa y su sabor avinagrado no invitaban al deleite si no más bien a engullir por compromiso. Gracias a una lata de refresco y varias tortillas [sustitutas naturales del pan por estos lares] pude solventar el trance sin mayores dificultades.

El primer contacto con el manjar no había sido demasiado alentador por lo que, cuando Don Mario apareció con una gran olla llena de un guiso a base de salsa de tomate, se habían desvanecido por completo mis expectativas. Por eso, hasta que probé el primer trozo de carne guisada no descubrí el intenso y agradable sabor, tan exquisito que nadie diría que se trataba de una culebra.

 

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